OFICIOS. Un relato de ficción sobre cómo alcanzar metas ambiciosas
Alcanzar el éxito financiero exige constancia, estrategia, valor y mucho estudio. Una crónica de perseverancia cuyo único fin es alcanzar su objetivo de vida.

Siempre he querido trabajar en un banco. He realizado multitud de trabajos, pero siempre quise hacerlo en un banco, qué se le va a hacer. Estoy convencido de que es donde más dinero se gana y a las pruebas me remito; no hay más que preguntar.
Mi primer trabajo fue en una gasolinera cuando tan solo tenía dieciséis años. Fue un trabajo sencillo, pero lo cierto es que no me reportó mucho. Demasiado esfuerzo para tan poca guita. Así que pensé que era momento de aspirar a algo más, por lo que me propuse un objetivo mayor; mis sueños no eran baratos.
De joven pensaba que en los lugares en donde se mueve mucho dinero se tenía que ganar bastante, así que decidí que mi siguiente trabajo sería en un supermercado. ¿Por qué no? Allí se vende mucho y, según mi premisa de juventud, también ganaría más. Me preparé concienzudamente para no fracasar y lo conseguí: accedí al mayor hipermercado de mi ciudad. Todo un éxito y con tan solo diecisiete años. ¿Quién me lo iba a decir a mí? Por fin pude comprarme un coche unos meses después, cuando traspasé la frontera hacia la mayoría de edad.
Pero como mis proyectos de futuro eran aún más caros y siempre he sido un alma inquieta, tampoco me conformé con ello.
Llegó el momento de destacar un poco más. Pero como para trabajar en un banco (que era lo que realmente quería) había que tener mucha más preparación, decidí que la pequeña joyería del barrio norte sería mi siguiente paso. De niño pasaba a diario para ir al colegio y me quedaba maravillado viendo los relojes de los escaparates; me gustaban mucho los digitales de la época, esas maravillas que ya no se encuentran. Recuerdo un día que mi madre me llevó a esa joyería para ajustarme la cadena de oro que me habían regalado en la comunión; me quedé mirando cómo trabajaba el joyero; era preciso y cuidadoso. Ciertamente, me impresionó la facilidad con que lo hacía todo y también lo caro que era. Así que, siguiendo mi premisa de vida: mejor trabajar donde más dinero se mueve. Ya, ya… lo sé, en el banco se mueve más, pero no estaba suficientemente capacitado aún para un trabajo de tanta categoría. Si conseguía que me fuera bien en la joyería, seguro que aquello me serviría para formarme suficientemente y poder aspirar al banco.
Lo de la joyería salió bien; tan solo tuve que ganarme la confianza del dueño y pude acceder sin demasiada dificultad. En cierto modo, aquello se alargó bastante, ya que tuve que estudiar mucho con la finalidad de poderme preparar para el banco, mi sueño dorado, pero disfruté mucho en la joyería y creo que me curtió y aportó una experiencia impagable… Bueno, lo de impagable es un decir, porque sin dinero de por medio yo no muevo ni un dedo. Ya he dicho que tengo anhelos caros y habrá que pagarlos de algún modo.
El tiempo pasó y el momento llegó. Me encontraba preparado como el que más para acceder al banco, ya nada me podría parar. ¡Estudié, vaya si estudié! Lo estudié todo; creo que no quedaba ya nada por estudiar, pero nada, ¿eh? En fin, supongo que cuando te preparas concienzudamente para algo, lo normal es no fallar. Los buenos estudiantes dicen que cuando llegas realmente preparado a un examen, si de verdad te lo has empollado bien, es difícil que los nervios te traicionen, y yo había practicado mucho, así que no tenía nada que temer.
Ese día me lo jugaba todo y, consciente de ello, salí de casa temprano. Aunque lo tenía todo en mi cabeza, quería llegar en cuanto abrieran y ser el primero en entrar; eso me daba confianza y seguridad. Cuando llegaran el resto, yo ya estaría preparado y concentrado. Pues eso, a las ocho ya estaba yo en la puerta y entré al mismo tiempo que los empleados. Aunque no habían abierto al público, no me pusieron muchas pegas cuando les enseñé mi nueva Astra A-50. Entré con ellos y les pregunté a quién debía dirigirme para evitar pérdidas de tiempo, a lo que me contestaron que el director era el encargado de todo y aún no había llegado. Me senté con ellos durante diez minutos; fue lo que tardó en llegar Emilio, que así se llamaba, y se sorprendió al vernos allí tan relajados.
— Hola, señor Emilio, le estaba esperando… Bueno, la verdad es que le estábamos esperando todos, porque aquí sus compañeros están un poco preocupados por la situación.
Le apunté a la cabeza y le advertí que en menos de quince minutos debíamos tenerlo todo resuelto; si colaboraba, todo iría bien y nadie saldría herido, pero si no…
Lo que decía de joven: donde más dinero hay es en el banco y allí es donde conseguí financiar mi sueño. Ese fue mi último trabajillo, salió como estaba previsto (para eso tenía bien estudiada la situación) y ahora, desde este soleado rincón del mundo y con el más exquisito cóctel playero, disfruto de estos pequeños lujos que tanto merezco.
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