El fascismo como insulto y justificación
Una palabra que sirve para todo acaba sin servir para nada. Qué fue el fascismo, cómo distinguirlo de la simple discrepancia y por qué la violencia no es legítima sea cual sea la bandera.

Las calles de Europa han vuelto a llenarse de una palabra. Aparece en pancartas, en titulares, en gritos que rebotan entre fachadas: «¡fascistas!». Se lanza contra un político, contra un conferenciante, contra un partido entero y, a veces, contra quien simplemente piensa distinto. Es la justificación para intentar coartar sus derechos y libertades. Y uno, que ha leído algo de historia, se detiene y se pregunta lo que casi nadie parece preguntarse: ¿sabe realmente la gente qué es el fascismo y a quién puede aplicársele, con rigor, ese calificativo?
La pregunta no es un capricho. Una palabra que sirve para todo acaba sin servir para nada. Cuando el insulto se gasta, se gasta también la memoria de lo que nombraba: la de quienes sufrieron de verdad el fascismo, que merecen que su nombre no se use como piedra arrojadiza.
El historiador italiano Emilio Gentile, uno de los grandes especialistas en la materia, sostiene en «¿Quién es fascista?» que el fascismo fue un fenómeno histórico concreto, un régimen totalitario nacido en la Italia de posguerra. Ampliar el término a cualquier adversario, advierte, lo vacía de sentido y despista sobre los peligros reales para la democracia. De ahí su insistencia en la elasticidad del concepto y en distinguir entre el fascista, la derecha y la mera discrepancia.
El tercer capítulo de su libro lleva un título que ya es una tesis: «El antifascista fascista». Gentile analiza cómo «fascista» se ha convertido en una descalificación universal, una táctica que atribuye sobre todo al comunismo. Desde 1945, recuerda, se aplicó al peronismo, al gaullismo y a los demócratas cristianos, e incluso se llegó a hablar de «fascismo rojo».
Por sus actos los conoceréis. Esa es, en esencia, la propuesta de Robert Paxton: mirar lo que los fascismos hicieron y no solo lo que dijeron. Entre sus «pasiones movilizadoras» figuran el empleo de la violencia, la primacía del grupo, la victimización frente a enemigos internos y externos y el derecho a dominar a otros.
Los hechos italianos son elocuentes. El 3 de enero de 1925, meses después del asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti, Mussolini asumió ante la Cámara la responsabilidad política y moral de lo ocurrido. El 28 de octubre de ese mismo año resumió su ideal en una fórmula: todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado. Entre 1925 y 1926 se disolvieron las organizaciones no fascistas, se abolió la libertad de prensa y se crearon un tribunal especial y una policía secreta. Qué lejos están estas acciones de lo que proponen los partidos a los que hoy, en las calles, se acusa de fascistas.
De ahí una prueba sencilla, al alcance de cualquier lector, para separar al fascista del que simplemente discrepa. Basta preguntarse si el movimiento o la persona de quien se habla:
1. Niega la legitimidad del adversario y del pluralismo, o solo discrepa de él.
2. Tiene milicias o violencia organizada como método político.
3. Define a un enemigo interno por su identidad.
4. Propone un mito de regeneración nacional y un líder redentor.
5. Aspira a abolir las libertades una vez en el poder.
Discrepar de una política migratoria, económica o cultural no cumple ninguno de estos criterios. Se puede estar en desacuerdo, y con vehemencia, sin que el otro sea fascista ni uno tenga derecho a silenciarlo.
George Orwell lo vio pronto. En «¿Qué es el fascismo?» (Tribune, 1944) sostenía que la palabra se había vuelto casi vacía, porque se aplicaba a cualquier cosa que no gustaba. Umberto Eco, en «El fascismo eterno» (1995), advirtió lo contrario: que el Ur-fascismo puede volver bajo los disfraces más inocentes y que hay que señalarlo. Entre ambas advertencias —no gastar la palabra y no dormirse ante ella— caben todos los matices que el griterío ha borrado.
Circula también una frase célebre: «Claro que tendremos fascismo, pero lo llamaremos antifascismo». Se atribuye a Huey Long, aunque nunca se ha podido verificar. Más sólido es el testimonio de François Bondy, que contó en 1976 y en 1979 que Ignazio Silone le había dicho en Ginebra que, si el fascismo volvía, no sería tan necio como para decir «soy el fascismo», sino que diría «soy el antifascismo». Sea cual sea su origen, la frase no es una acusación, sino un aviso: un nombre noble no inmuniza a nadie contra los métodos innobles.
Y aquí llega lo esencial. Max Weber definió en «La política como vocación» (1919) el Estado como aquel que reclama el monopolio de la violencia legítima: de ahí que la violencia callejera carezca de legitimidad, sea cual sea la bandera. Hannah Arendt, en «Sobre la violencia» (1970), distinguió el poder de la violencia y sostuvo que esta puede destruir aquel, pero no crearlo. Y Martin Luther King, desde la cárcel de Birmingham en 1963, dejó la prueba de que se puede protestar por una causa justa con un método no violento.
La historia de entreguerras lo confirma. El squadrismo italiano de 1920-1922 y las milicias de la República de Weimar —las SA nazis y las del bando comunista— erosionaron la confianza en el orden democrático y facilitaron la llegada al poder de los totalitarios. Quien incendia la calle en nombre de la libertad suele estar preparando el terreno de quien prometerá apagar el incendio.
Tampoco el otro gran totalitarismo del siglo XX necesita abogados. Todos los regímenes de partido único que se proclamaron comunistas suprimieron el pluralismo político y persiguieron a sus adversarios; ninguno respetó el conjunto de libertades y derechos propio de una democracia.
La violencia es inaceptable sea cual sea la bandera y por muy justa que se crea la causa. Lo que debemos defender los demócratas es la libertad y la convivencia, y oponernos a cualquier movimiento totalitario que pretenda abolir las libertades y los derechos legítimos de los demás, entre ellos el de celebrar actos electorales, conferencias o coloquios. Hay que defender el derecho a manifestarse y a discrepar, pero siempre de forma pacífica. Quien no respeta esto busca otros fines.
Por eso preocupan tanto los brotes de violencia que vemos en España y en otros países de la Unión Europea. No porque falten motivos para protestar, sino porque la protesta que agrede, y que se ejerce con la finalidad de silenciar a otro, deja de ser protesta y se convierte, en muchos casos, en lo mismo que pretende combatir. Llamar fascista a quien piensa distinto no es combatir el fascismo: es ensuciar el nombre de sus víctimas.
Bibliografía
Totalitarismo: Hannah Arendt, «Los orígenes del totalitarismo» (1951); Carl J. Friedrich y Zbigniew Brzezinski, «Totalitarian Dictatorship and Autocracy» (1956); Juan J. Linz, «Totalitarian and Authoritarian Regimes» (2000).
Fascismo: Robert O. Paxton, «Anatomía del fascismo» (2004); Roger Griffin, «The Nature of Fascism» (1991); Stanley G. Payne, «Historia del fascismo»; Emilio Gentile, «¿Quién es fascista?» (Alianza, 2019; original «Chi è fascista», Laterza, 2019) y «Fascismo. Historia e interpretación» (Alianza, 2004; original «Fascismo. Storia e interpretazione», Laterza, 2002); Adrian Lyttelton, «The Seizure of Power» (1973); Benito Mussolini, discursos del 3 de enero y del 28 de octubre de 1925; Umberto Eco, «Il fascismo eterno» (1995); George Orwell, «¿Qué es el fascismo?», Tribune (1944).
Nazismo: Ian Kershaw, «Hitler»; Richard J. Evans, trilogía del Tercer Reich; Henry A. Turner, «Hitler's Thirty Days to Power» (1996); Raul Hilberg, «La destrucción de los judíos europeos»; Christopher Browning, «The Origins of the Final Solution» (2004); Menke, «Misunderstood Civic Duty: The Center Party and the Enabling Act», Journal of Church and State 51/2 (2009).
Fascismo colonial: Giorgio Rochat, «Le guerre italiane 1935-1943»; Angelo Del Boca, «Gli italiani in Libia»; Ali A. Ahmida, «Genocide in Libya» (2020); Mia Fuller, «Italy: Beyond the Clichés that Obscure Unacceptable Histories», Journal of Genocide Research 24/2 (2022).
Comunismo: Stéphane Courtois et al., «El libro negro del comunismo» (1997); Anne Applebaum, «Gulag»; Timothy Snyder, «Bloodlands» (2010); Ben Kiernan, «The Pol Pot Regime»; Raphael Lemkin, «Axis Rule in Occupied Europe» (1944).
Comparación: Ian Kershaw y Moshe Lewin (eds.), «Stalinism and Nazism» (1997); Michael Geyer y Sheila Fitzpatrick (eds.), «Beyond Totalitarianism» (2009).
Violencia y política: Max Weber, «La política como vocación» (1919); Hannah Arendt, «Sobre la violencia» (1970); Martin Luther King, «Carta desde la cárcel de Birmingham» (1963).
España y Europa: Paul Preston, «El holocausto español»; Parlamento Europeo, Resolución 2019/2819(RSP), de 19 de septiembre de 2019.
Atribuciones: François Bondy, «European Notebook», Encounter 47 (1976) e «Ignazio Silone: In Memoriam», The Washington Quarterly 2/2 (1979); Garson O'Toole (Quote Investigator), «Sure, We'll Have Fascism in This Country, and We'll Call It Anti-Fascism» (2017).
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