Miedo a los monstruos: cómo acompañar a tu hijo por la noche
El miedo a los monstruos y a la oscuridad es frecuente durante la infancia. Aunque los adultos sepamos que no existe un peligro real, para los niños el miedo puede resultar muy intenso. ¿Cómo podemos acompañarlos sin minimizar lo que sienten y ayudarles a ganar seguridad y autonomía?

Con Halloween llegan los disfraces, las brujas y las historias de monstruos. Para algunos niños es un juego divertido; para otros, ciertas imágenes siguen dando vueltas en su cabeza cuando llega la hora de dormir.
En consulta encuentro niños de seis años, pero también de ocho o nueve, que necesitan compañía para acostarse, ir al baño o moverse por casa. Temen que haya algo debajo de la cama, que aparezca alguien mientras se duchan o que un animal pueda hacerles daño mientras duermen.
La oscuridad deja menos pistas para reconocer lo que nos rodea: una prenda puede parecer una figura y un ruido cotidiano resultar inquietante. Al acostarse también pueden hacerse más presentes las preocupaciones y la necesidad de estar cerca de sus adultos. No todos los miedos tienen el mismo origen.
Aunque lo imaginado no esté ocurriendo, el miedo que sienten sí es real. Incluso cuando saben que los monstruos pertenecen a los cuentos, esa certeza no siempre basta para tranquilizarse.
Pensemos en una niña de siete años que juega con soltura durante el día, pero por la noche pide que la acompañen al baño y que alguien se quede cerca mientras se duerme. Pregunta si hay algo en el armario. Su familia le explica que no hay monstruos, pero ella sigue asustada.
En situaciones así, repetir explicaciones no siempre ayuda. A menudo, lo que el niño necesita primero es sentirse escuchado, encontrar calma junto a un adulto y, poco a poco, descubrir que puede afrontar aquello que le asusta.
El miedo funciona como una alarma: nos prepara para responder ante lo que percibimos como una amenaza. A veces se activa aunque no exista un peligro real. Comprenderlo nos ayuda a acompañar a los niños sin minimizar lo que sienten ni alimentar sus temores.
¿Cómo podemos ayudar a los niños?
Escuchar lo que sienten. Cuando un niño tiene miedo, podemos empezar por reconocer su emoción: «Veo que estás asustado. Estoy aquí contigo». No necesitamos convencerlo inmediatamente de que no ocurre nada. Escucharlo con calma y ofrecerle seguridad puede ayudarlo a recuperar la tranquilidad. Después, podemos acompañarlo a distinguir entre lo que imagina y lo que está sucediendo a su alrededor.
Buscar un momento tranquilo durante el día. Al acostarse, cuando el miedo ya es intenso, puede resultar difícil hablar. En otro momento podemos preguntar: «¿Qué es lo que más te preocupa?». Escuchar sin interrogar ni sugerir respuestas nos ayuda a conocer su experiencia. A veces todavía no sabrán explicarla, y no pasa nada.
Dar espacio al dibujo, al juego y a los cuentos. Si les apetece, los niños pueden dibujar lo que imaginan, inventar un personaje o cambiar el final de una historia. Quizá ese monstruo acabe llevando unas zapatillas enormes o tenga una voz disparatada. El humor puede ayudar a tomar distancia del miedo, siempre que el niño lo disfrute. No se trata de reírnos de su miedo ni de forzarlo a representar aquello que le asusta. Los cuentos también pueden mostrar personajes que sienten miedo, piden ayuda y descubren poco a poco sus propios recursos.
Ofrecer seguridad y mantener rutinas tranquilas. Una luz tenue, un peluche favorito o compartir unos minutos de lectura pueden ayudar a que el momento de acostarse resulte más agradable. Las rutinas predecibles aportan tranquilidad y permiten que el niño sepa qué esperar. Lo importante no es conseguir que deje de tener miedo de inmediato, sino ofrecerle un entorno seguro desde el que pueda ir ganando confianza.
Avanzar poco a poco, sin forzar. Ganar autonomía no significa retirar la compañía de golpe. Podemos proponer pequeños cambios adaptados a cada niño: por ejemplo, que el adulto se siente junto a la cama en lugar de acostarse a su lado. A medida que se sienta más seguro, podemos ir reduciendo esa presencia de forma gradual. Lo importante es darle oportunidades para descubrir que puede afrontar aquello que le asusta, respetando su ritmo y reconociendo sus esfuerzos, sin exigirle que deje de sentir miedo.
Cuidar lo que ven y escuchan. Una película, un vídeo o incluso un documental pueden dejar imágenes inquietantes. Que quieran ver determinados contenidos no significa que estén preparados para gestionar las emociones que pueden despertarles. Conviene acompañar la elección de contenidos y evitar los que les asustan, especialmente cerca de acostarse. Halloween puede disfrutarse sin obligarlos a participar en sustos o actividades que no desean.
¿Cuándo pedir ayuda?
Los miedos infantiles son frecuentes y, en muchos casos, forman parte del desarrollo. Sin embargo, cuando persisten, aumentan o interfieren de manera importante en el sueño, las actividades cotidianas o la vida familiar, conviene consultar con pediatría o con un profesional de psicología infantil.
No hace falta esperar a que la situación resulte insoportable para buscar orientación.
Acompañar no significa conseguir que esta noche desaparezca todo el miedo. Significa ayudarles a descubrir, a su ritmo, que pueden sentirse asustados, recibir apoyo y seguir ganando confianza.
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