Que te vote tu nieto
La ley de nietos presume un exilio que casi nadie puede documentar tras décadas. Y si el criterio vale para unos, ¿por qué no para quienes huyeron de ETA o del radicalismo independentista?

Hay leyes que se aprueban para reparar una injusticia histórica y otras que se aprueban para que parezca que se repara. La ley de nietos tiene un pie en cada una, y el problema es que el segundo pie pisa justo donde se decide quién vota en España.
La idea de partida era noble: dar la nacionalidad a los descendientes de quienes tuvieron que huir de la dictadura. Pero en el camino alguien decidió que demostrar el exilio era un trámite molesto, y se optó por presumirlo. Presumir que el abuelo se marchó huyendo de Franco, presumir que la documentación existe o que no hace falta, presumir que todo cuadra. La presunción de inocencia es un principio impecable en un juzgado, pero en una oficina consular es un colador.
Piensen en la escena. Un señor de Buenos Aires, Montevideo o Caracas llega con un abuelo que se fue a América en una fecha que nadie recuerda y por motivos que nadie documentó. Emigrar era lo normal: se marchaba medio país, y casi siempre por hambre, no por persecución política. Hace casi un siglo los papeles se perdieron, se quemaron o nunca existieron. Y de ahí sale un español de origen, con derecho a pasaporte europeo, a trabajar en cualquier país de la Unión y, hasta hace nada, a votar en nuestras elecciones. Todo ello sin haber pisado España y sin que nadie haya podido comprobar con rigor qué empujó a su abuelo a irse.
Que muchos lo pidieran por el pasaporte, y no por reparar la memoria de nadie, no lo digo yo: lo reconoce hasta quien defiende la ley. Un pasaporte europeo abre puertas, evita visados y permite vivir en 27 países. ¿Quién va a rechazarlo si se lo regalan con un árbol genealógico?
El Supremo ha visto el agujero. Ha suspendido cautelarmente el voto desde el extranjero de los nacionalizados por la vía del exilio cuando este solo se presumió y no se acreditó, y el Constitucional ha rechazado levantar la suspensión. La nacionalidad sigue en pie; lo que queda en el aire es el voto. Un Estado que reparte el derecho antes de saber a quién se lo da no está reparando nada, está improvisando.
Una propuesta para ampliar la ley
Pero como a mí me gusta la memoria con coherencia, hago desde aquí una propuesta: ¡ampliemos la ley! Si el criterio es compensar a los descendientes de quienes tuvieron que irse de su tierra por la violencia política, aún hay mucho nieto por reparar.
Pensemos en el País Vasco. Durante décadas, ETA mató a más de ochocientas personas y extorsionó a empresarios, concejales y vecinos que simplemente no pensaban como ellos. Miles de familias lo vendieron todo y se fueron a Madrid, a la Comunidad Valenciana, a donde se pudiera respirar. Y en Cataluña, quienes se marcharon en los años del radicalismo independentista, o se fueron por el ambiente irrespirable de los últimos años, también merecen su ley. Sus nietos, que hoy viven en Madrid, Valencia o Sevilla, podrían votar en las elecciones de sus abuelos. A lo mejor así en algunas instituciones no gobernarían los que gobiernan, que alcanzaron sus mayorías después de que la parte contraria de la población se esfumara, por las buenas o por las malas.
¿Qué dirían entonces los defensores de la ley de nietos? Lo sé: que es una locura, que hay que acreditar, que el voto debe ligarse a la residencia, que qué barbaridad. Qué casualidad: el exilio es una causa sagrada cuando beneficia al nieto que me conviene y un invento peligroso cuando beneficia al nieto contrario. Resulta que el exilio de un abuelo en 1939 sí da derecho a votar, y el de otro abuelo en 1980 por una bala en la nuca, no. El agravio de unos vale mucho; el de otros, nada.
Senado: la aritmética por encima de las ideas
Y por si faltaba algo, el calendario. Con elecciones el 29 de noviembre, con el Senado como campo de batalla y con los partidos haciendo cuentas provincia a provincia, de repente cada voto desde ultramar vale oro. Mientras, los partidos se pasan la semana tejiendo pactos. A un lado, el PSOE y el Frente Amplio, con su coalición «Senado de Progreso» en 43 provincias; al otro, el PP y Vox, buscando la fórmula para que Vox desaparezca de la papeleta en una veintena de provincias sin dejar de estar. Altura de miras, la llaman. Aritmética, la llamo yo. Los que antes se daban golpes de pecho por la corrupción ajena miran hoy a otro lado cuando el problema es de casa o de quien les ha prometido una silla. La ideología se guarda en un cajón; el cajón se cierra cuando faltan escaños.
La memoria democrática merece rigor, no manga ancha. Los españoles que sufrieron de verdad el exilio, y sus descendientes, son los primeros perjudicados por una ley que se convierte en coladero. Y, de paso, los españoles que sufrieron otro exilio, el del miedo, siguen sin ley, sin reparación y, curiosamente, sin lobby.
Al final, el pueblo tiene los políticos que se merece, porque somos los que votamos. Pero para que votemos, al menos que se sepa quiénes somos. Que te vote tu nieto. Pero que antes demuestre que es tu nieto.
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