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¿Reaccionas a lo que ocurre o a lo que significa para ti?

Antes de saber qué era amar, ya habíamos aprendido cómo se expresaba el amor. La infancia y nuestras primeras relaciones dejaron huellas que hoy pueden influir en nuestra forma de querer y dejarnos querer.

Por Carolina Mora · 17 de octubre de 2026 a las 16:00 · 7 min de lectura · Read in English
¿Reaccionas a lo que ocurre o a lo que significa para ti?
Foto: La Gaceta de Guardamar
Este artículo es una columna de opinión. Las opiniones son atribuibles a su autor, sin excluir las responsabilidades legales del editor, y no reflejan la línea del periódico.

DESAFÍ-ARTE

¿Reaccionas a lo que ocurre o a lo que significa para ti?

¿Os ha pasado alguna vez que una situación aparentemente pequeña os provoca una reacción mucho más intensa de lo que esperabais? Un comentario que os molesta durante horas, un silencio que interpretáis como distancia, un cambio de planes que os genera enfado o una respuesta que os hace sentir que no sois importantes para alguien.

A veces, lo que ocurre y lo que sentimos parecen inseparables. Alguien hace algo y nosotros reaccionamos. Pero ¿y si entre ambas cosas hubiera algo más? ¿Y si no respondiéramos únicamente a lo que ha sucedido, sino también a lo que ese hecho significa para nosotros?

Imaginemos que enviamos un mensaje a una persona a la que queremos y tarda en responder. El hecho es sencillo: todavía no ha contestado. Sin embargo, nuestra mente puede empezar a construir una historia. Quizá está ocupada. Quizá le ha ocurrido algo. O quizá aparece otro pensamiento: ya no le importo tanto, está perdiendo el interés, he hecho algo mal.

La situación es la misma, pero el significado que le damos puede cambiar lo que sentimos y la manera en que actuamos.

Y aquí comienza una pregunta que merece la pena hacernos: ¿de dónde viene nuestra forma de interpretar lo que nos sucede?

La cadena invisible de nuestras reacciones: Muchas veces, entre lo que sucede y nuestra manera de reaccionar existe una cadena de acontecimientos internos que se activa tan deprisa que ni siquiera somos conscientes de ella.

Ante una circunstancia inesperada, nuestra mente intenta encontrar una explicación. Y cuando no tenemos toda la información, podemos llenar los espacios que desconocemos con nuestras propias interpretaciones.

Un pensamiento conduce a otro. La situación presente puede conectar con recuerdos, experiencias anteriores, miedos y creencias que hemos ido construyendo a lo largo de nuestra vida. Lo que comenzó siendo una circunstancia concreta puede convertirse, en cuestión de segundos, en una historia mucho más grande.

Entonces aparece el miedo, la inseguridad, la tristeza, el enfado o la angustia. El cuerpo también puede reaccionar: notamos tensión, inquietud, aceleración o dificultad para relajarnos. Y sentimos el impulso de hacer algo para aliviar ese malestar: insistir, reclamar, alejarnos, atacar, buscar explicaciones o anticiparnos a lo peor.

Quizá terminamos reaccionando no tanto a lo que ha ocurrido, sino a todo lo que hemos llegado a interpretar que está ocurriendo.

Nuestra mente tiene la capacidad de anticipar posibles amenazas y ayudarnos a protegernos. Las experiencias anteriores pueden influir en esa respuesta, especialmente cuando una situación nos recuerda algo que nos dolió o despierta el temor a que vuelva a suceder.

El problema aparece cuando confundimos nuestra interpretación con un hecho y empezamos a vivir como una realidad algo que todavía no sabemos si está sucediendo.

Esto no significa que nuestras emociones sean falsas ni que todo nuestro sufrimiento dependa de nuestros pensamientos. Significa que podemos aprender a distinguir entre lo que ha ocurrido, lo que estamos interpretando y lo que esa interpretación está provocando en nosotros.

¿De dónde viene nuestra manera de interpretar el mundo?

Cada persona mira la vida desde su propia historia. Las experiencias que hemos vivido, las relaciones que hemos construido y las ideas que hemos aprendido influyen en lo que esperamos de los demás y en cómo respondemos cuando algo no sale como esperábamos.

Gran parte de esos aprendizajes comienza en nuestras primeras relaciones. Cuando somos pequeños, todavía no tenemos las herramientas para identificar nuestras necesidades emocionales, comprender lo que sentimos o explicar por qué algo nos duele.

Aprendemos observando cómo se relacionan nuestros padres o las personas que nos cuidan, cómo se tratan entre ellas, cómo expresan el cariño, cómo resuelven sus diferencias y cómo responden cuando alguien necesita consuelo, atención o comprensión.

También aprendemos a través de nuestra propia experiencia: cómo nos sentimos cuando buscamos afecto, qué sucede cuando expresamos una necesidad y si encontramos espacio para mostrar lo que sentimos.

Quizá observamos que el amor se demostraba a través de los cuidados y la presencia. Quizá aprendimos que había que ser fuertes, no dar problemas, complacer o guardar silencio para mantener la armonía. Tal vez recibimos cariño, pero no siempre supimos identificar o expresar aquello que necesitábamos.

Cada historia es diferente. No se trata de buscar culpables ni de juzgar cómo lo hicieron nuestros padres, que también tenían su propia historia, sus recursos y sus limitaciones. Se trata de comprender que vamos construyendo nuestra idea del amor, de la seguridad y de las relaciones a partir de lo que vivimos, observamos y aprendemos.

Con el tiempo, algunas de esas experiencias pueden convertirse en creencias que damos por ciertas sin haberlas revisado.

Cuando lo aprendido se convierte en una forma de reaccionar

Si aprendimos que querer significa estar siempre disponibles, quizá nos cueste poner límites. Si asociamos el amor con el sacrificio, podemos llegar a pensar que cuidar de nosotros mismos es egoísta. Si vivimos el desacuerdo como una amenaza, quizá evitemos expresar lo que sentimos por miedo a perder al otro.

También podemos esperar que las personas que nos quieren adivinen nuestras necesidades, interpretar una distancia momentánea como falta de cariño o sentir que un cambio de planes significa que hemos dejado de ser importantes.

Sin darnos cuenta, podemos terminar reaccionando desde una idea aprendida del amor en lugar de mirar la relación y los hechos que tenemos delante.

Estos patrones no son necesariamente errores. Muchos surgieron como formas de adaptarnos, sentirnos aceptados o afrontar situaciones difíciles. Pero aquello que en algún momento nos ayudó no tiene por qué ser la única manera de responder hoy.

Comprender de dónde vienen algunas de nuestras reacciones no significa justificar cualquier comportamiento, tolerar lo que nos hace daño ni responsabilizarnos de las decisiones de los demás. Significa empezar a distinguir entre nuestra historia, lo que sucede en el presente y las necesidades que podemos aprender a expresar.

Volver a los hechos para recuperar la elección: Ante una situación que nos remueve, quizá el primer paso no sea buscar inmediatamente una explicación, sino detenernos y preguntarnos: ¿qué sé realmente que ha ocurrido?

No qué temo que haya pasado. No qué creo que significa. No qué podría suceder mañana.

¿Qué hechos tengo delante, aquí y ahora?

Después podemos observar qué interpretación estamos haciendo, qué emoción nos despierta y qué impulso aparece en nosotros.

Tal vez descubramos que necesitamos seguridad, claridad, afecto, respeto o simplemente tiempo para comprender lo sucedido. Y desde ahí podremos decidir si necesitamos hablar, pedir una aclaración, establecer un límite o esperar a tener más información.

Esta pausa no garantiza que desaparezca el malestar ni significa que debamos ignorar las señales de una relación que nos hace daño. Nos permite responder con más información y menos impulsividad.

No siempre podemos evitar el primer pensamiento o la primera emoción. Pero podemos aprender a reconocerlos y abrir un espacio antes de actuar.

Porque entre lo que sucede y lo que hacemos con ello existe una oportunidad para conocernos mejor.

Tu desafío de la semana: La próxima vez que una situación te genere malestar, prueba a detenerte unos instantes y recorrer esta secuencia:

1. El hecho. ¿Qué ha ocurrido realmente, sin añadir interpretaciones?

2. El pensamiento. ¿Qué significado le estoy dando? ¿Qué estoy suponiendo que sucede?

3. La emoción. ¿Qué estoy sintiendo y qué noto en mi cuerpo?

4. El impulso. ¿Qué me apetece hacer para aliviar este malestar?

5. La elección. ¿Qué respuesta sería más coherente con lo que necesito y con la relación que quiero construir?

No tienes que encontrar todas las respuestas ni cambiar tu manera de actuar de un día para otro. Empieza simplemente por observar.

A veces descubriremos que nuestros temores no se corresponden con los hechos. Otras veces confirmaremos que algo necesita cambiar y que debemos actuar para cuidarnos. En ambos casos, mirar con más claridad nos permite tomar decisiones más conscientes.

Quizá no podamos elegir todo lo que nos sucede, pero sí podemos aprender a comprender mejor lo que nos ocurre por dentro y descubrir nuevas formas de responder.

Desafí-ARTE: el arte de comprenderte, cuestionar lo aprendido y descubrir nuevas formas de relacionarte contigo, con los demás y con la vida.

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Carolina Mora

Autora de Desafí-ARTE | El arte de comprenderte Carolina Mora es profesional del ámbito de la salud y creadora de Desafí-ARTE, un espacio dedicado al autoconocimiento, la conciencia y el desarrollo personal. Interesada en la relación entre cuerpo, mente, emociones y bienestar, aborda la vida cotidiana desde una mirada integradora que invita a cuestionar creencias, comprender nuestros patrones y descubrir nuevas formas de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. A través de sus reflexiones, propone detenernos, salir del piloto automático y recuperar la capacidad de elegir cómo queremos vivir, poniendo en valor el autocuidado, las relaciones conscientes y el disfrute de las pequeñas cosas. En su columna semanal, Desafí-ARTE: el arte de comprenderte, comparte preguntas e ideas para mirar la vida desde nuevas perspectivas y recordar que el autoconocimiento no consiste en encontrar todas las respuestas, sino en aprender a hacernos mejores preguntas.

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