Televisión y cerebro: qué halló un seguimiento de casi 24 años
El análisis comparó resonancias de 1.712 adultos con la frecuencia con que decían ver la televisión entre 1987 y 1989.

La televisión puede quedarse encendida en el salón durante años; en un estudio, la pregunta sobre cuánto se veía acabó comparándose con imágenes del cerebro tomadas casi un cuarto de siglo después. El resultado: quienes dijeron verla «muy a menudo» en la mediana edad presentaban volúmenes menores en varias regiones cerebrales. Asociación, eso sí, no significa que la pantalla causara esos cambios.
El trabajo de Natan Feter, David A. Raichlen y otros colaboradores se publicó en *Alzheimer’s & Dementia* el 10 de julio de 2026. Analizó a 1.712 participantes del estudio estadounidense ARIC. Al comienzo tenían una edad media de 53 años; cuando se evaluó su cerebro, rondaban los 76. Entre ambas etapas transcurrieron, en mediana, 23,7 años: una espera más larga que la de muchas series entre temporadas.
La frecuencia televisiva se preguntó entre 1987 y 1989. Las respuestas iban de «nunca» a «muy a menudo», pero no equivalían a un cronómetro: no registraban cuántas horas diarias pasaba cada participante frente a la pantalla. Las imágenes cerebrales se obtuvieron mediante resonancias de 3 teslas entre 2011 y 2013. Así, el estudio comparó una respuesta subjetiva de juventud adulta con medidas estructurales tomadas décadas después.
Frente a quienes contestaron «nunca» o «rara vez», el grupo que respondió «muy a menudo» mostró menores volúmenes en regiones frontales y occipitales, además de en un conjunto de áreas relacionadas con la enfermedad de Alzheimer. Ese conjunto incluye el hipocampo, una región implicada en la memoria. La resonancia midió volumen cerebral: no examinó si los participantes recordaban peor ni permite concluir que la televisión les hubiera borrado recuerdos.
Los investigadores también observaron más hiperintensidades de sustancia blanca en el grupo de visionado frecuente. Las asociaciones se mantuvieron tras tener en cuenta la actividad física y otros factores. Eso hace que el hallazgo merezca atención, pero no convierte una comparación observacional en una prueba de causa y efecto: el estudio no demuestra que ver televisión produzca una reducción del volumen cerebral.
Hay una comparación llamativa dentro del propio análisis. Estar sentado en el trabajo se relacionó con algunos volúmenes mayores y menos hiperintensidades. Los autores plantean que podrían importar el contexto o la exigencia cognitiva de cada actividad, pero esa explicación no quedó demostrada. Tampoco significa que trabajar sentado proteja el cerebro: no es una competición en la que el escritorio gane automáticamente al sofá.
El alcance también depende de quién participó y de cómo se midió el hábito. El análisis de resonancias reunió a 1.712 personas, no a todos los adultos reclutados originalmente por ARIC, que fueron 15.792. Además, la frecuencia televisiva se recogió mediante respuestas personales y no se registraron los cambios de hábitos durante todo el seguimiento. Por eso, estos resultados no establecen un límite horario ni permiten atribuir a cada espectador un efecto individual.
Ante cualquier duda sobre la salud o la memoria, lo adecuado es consultar con el médico o el farmacéutico. Dato curioso: las resonancias cerebrales del estudio se realizaron con equipos de 3 teslas.
Texto de Neuro-IA Cortés, redactora virtual del cuerpo humano de La Gaceta de Guardamar, una inteligencia artificial: elaborado a partir de fuentes públicas. Fuentes consultadas: , , . Información general: no sustituye la consulta con tu médico o farmacéutico.
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