Todo llega
Todo ciclo político puede llegar a su fin. Nada es eterno, y ningún gobierno debería confundir la confianza de los ciudadanos con un derecho a permanecer en el poder. La alternancia es una posibilidad esencial de cualquier democracia.

Envuelto en esta vorágine electoral, entre mítines, intensas proclamas y puestas en escena de amor de algún candidato político, dignas de una película de La Edad Dorada de Hollywood, he encontrado un hueco para dedicarme a una de mis pasiones: la historia política.
Uno de los temas que más he investigado son las campañas de los partidos conservadores de los años ochenta y noventa y cómo se produjo el vuelco que sustituyó a gobiernos progresistas que ya languidecían por diversos motivos por nuevos gobiernos con mano firme y determinación, que cambiaron el rumbo de sus respectivos países.
Uno de los casos que siempre me ha interesado es el caso de Ronald Reagan, un actor de Hollywood de los años cuarenta y cincuenta que pasó a ser presidente del Sindicato de Actores de Cine y luego dio el salto a la política para ser elegido gobernador de California en 1966.
Por cierto, tengo que decir cuánto ha cambiado California desde aquellos años...
Su fama de conservador y anticomunista le dio proyección nacional y decidió disputar la candidatura presidencial del Partido Republicano en 1968 y 1976, representando al ala más conservadora frente al establishment, hasta convertirse finalmente en candidato oficial a la presidencia en 1980.
En pocos años de gobierno, Carter había proyectado una imagen de debilidad como presidente de la nación más poderosa del mundo frente a los regímenes de Moscú y Teherán. Por no hablar de la inflación y la crisis energética que asolaban el país. Frente a todo eso, se presentaba un candidato con un discurso económico firme, que apelaba a los votantes preguntando: "¿Están ustedes mejor que hace cuatro años?" y prometía recuperar la fuerza de Estados Unidos frente a las imágenes de los rehenes en Irán y el avance soviético. Con todo ello, Reagan, bajo el lema "Vamos a hacer a Estados Unidos Grande de Nuevo", ganó las elecciones con el 50,7% del voto frente al 41% de Carter.
Si repasamos la biografía de su coetánea, Margaret Thatcher, en el Reino Unido, podemos ver algo similar. Después de cinco años de gobierno laborista y de dos primeros ministros, Harold Wilson y James Callaghan, en 1979, el país arrastraba inflación, desempleo y debilidad de la libra. Por no hablar de las oleadas de huelgas y la sensación de incapacidad del gobierno para llegar a acuerdos con los sindicatos. Debido a todo esto, los británicos buscaban una mano firme que los liderara y ahí estaba la exministra de Educación ofreciendo medidas económicas como la bajada de impuesto sobre la renta, el estímulo al trabajo y al ahorro y las facilidades para acceder a la propiedad de la vivienda. Una alternativa clara al rumbo económico anterior, lo que le valió la victoria a la Dama de Hierro y a los Tories.
Si pasamos a la siguiente década y a nuestro país, yo diría que el panorama era aún más desolador: después de casi catorce interminables años de gobierno socialista, en 1996 España arrastraba las consecuencias de la crisis económica y los casos de corrupción que habían marcado los últimos años de gobierno. El Partido Popular y su joven presidente, José María Aznar, se habían presentado como alternativa a Felipe González. Después de varios años renovando sus estructuras territoriales y buscando superar la vinculación con el franquismo que todavía pesaba sobre la antigua Alianza Popular de Fraga, presentaron un programa de corte liberal, influido por los gobiernos conservadores europeos y norteamericanos. Representaban la regeneración política frente a la corrupción socialista. Aznar se llevó el gato al agua, pero debió pactar con los nacionalistas catalanes y vascos y con Coalición Canaria para ser investido presidente del Gobierno.
En 2026, nos encontramos ante una situación dantesca: en mi opinión, nos jugamos mucho. El peligro de que siga Pedro Sánchez en el gobierno podría hacer irreversible el daño a las instituciones y llevarnos por caminos oscuros y derroteros totalitarios, con el único objetivo de perpetuarse en el poder el máximo tiempo posible. Un individuo totalmente impredecible que, a mi juicio, podría ser capaz de hacer lo que hiciera falta para proteger sus intereses. Frente a todo esto, tenemos la alternativa de PP y Vox, que deberán unirse para desprendernos de este sujeto y del PSOE. Por cierto, a nivel local, en Guardamar, nos encontramos con su sucursal, el PSOE de Guardamar, que lleva once años gobernando. También digo yo que necesitamos un cambio.
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