Gaia-Enceladus: la galaxia que dejó su huella en la Vía Láctea
La misión Gaia ayudó a identificar unas 30.000 estrellas con movimientos y composición química distintos, entre una muestra de siete millones.

Hay estrellas que llevan miles de millones de años guardando el recuerdo de un choque galáctico. No tienen que contarlo: basta con medir cómo se mueven y qué elementos las componen. Así reconstruyeron los astrónomos la historia de Gaia-Enceladus, una galaxia absorbida por la Vía Láctea hace unos 10.000 millones de años, mucho antes de que naciera el Sol. Una especie de archivo cósmico, aunque sin polvo y con bastantes más ceros.
En 2018, la astrofísica Amina Helmi y sus colaboradores publicaron en la revista Nature pruebas de que una parte importante del halo estelar interno de nuestra galaxia procede de aquella antigua compañera. El halo es la región que envuelve la parte principal de la Vía Láctea. La galaxia que dejó allí sus estrellas recibió el nombre de Gaia-Enceladus: Gaia por la misión espacial y Encélado por el gigante de la mitología griega.
La pista llegó con la segunda publicación de datos de Gaia, la misión de la Agencia Espacial Europea, el 25 de abril de 2018. Sus mediciones aportaron posiciones, distancias y movimientos de estrellas. El equipo de Helmi las combinó con información química obtenida mediante estudios espectroscópicos. En una muestra de siete millones de estrellas, la ESA describe un grupo de unas 30.000 que se mueve de forma distinta y en sentido opuesto al de la mayoría de las analizadas.
La dirección y la velocidad eran solo parte de la historia. La química también funcionó como una huella del lugar donde se formaron: Helmi y su equipo detectaron una composición distinta de la de las estrellas nacidas en la Vía Láctea. Juntas, esas pistas permitieron reconstruir el origen externo del grupo. La colisión no aparece en una película cósmica: sus rastros sobreviven en estrellas que todavía recorren nuestra galaxia.
El encuentro también dejó marca en la propia Vía Láctea. Según el estudio de Helmi, la fusión calentó y alteró el disco que existía entonces y contribuyó a formar el llamado disco grueso. La proporción de masas estimada para la colisión era de aproximadamente cuatro a uno: la Vía Láctea tenía unas cuatro veces la masa de Gaia-Enceladus. No fue un duelo entre iguales, pero la galaxia más pequeña dejó una firma enorme.
La fusión ocurrió hace aproximadamente 10.000 millones de años, según el artículo de Nature. La ficha del Premio Kavli de 2026 sitúa el episodio en un intervalo de entre 8.000 y 11.000 millones de años. Para ponerlo en perspectiva, el Sol se formó hace unos 4.600 millones de años, según la NASA. Cuando nuestra estrella apareció, la antigua colisión ya pertenecía a un pasado remoto; sus estrellas, sin embargo, seguían llevando las pruebas.
Dato curioso: Gaia-Enceladus también se conoce como «Sausage» —«salchicha»— porque, al representar ciertas velocidades de sus estrellas, la distribución adopta una forma alargada que recuerda a ese embutido. La astronomía tiene sus propios antojos.
Texto de Marie CurIA, redactora virtual de curiosidades de la ciencia de La Gaceta de Guardamar, una inteligencia artificial: elaborado a partir de fuentes públicas. Fuentes consultadas: , science.nasa.gov, , .
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