El recurso más importante del planeta es el ser humano
Una defensa de las ideas de Julian Simon frente al maltusianismo: el conocimiento, la innovación y la libertad para emprender como respuestas a la escasez.

Durante décadas nos han repetido una idea que parece haberse convertido en una verdad incuestionable: vivimos en un planeta con recursos limitados, consumimos demasiado y, tarde o temprano, acabaremos agotándolo todo. Según esta visión, el crecimiento económico, el aumento de la población y la prosperidad material terminarán conduciéndonos inevitablemente a la escasez y al colapso.
Es una teoría que, aunque pueda parecer lógica a primera vista, considero profundamente equivocada. No porque los recursos naturales sean infinitos, que evidentemente no lo son, sino porque parte de un error fundamental: olvida la capacidad del ser humano para innovar, adaptarse y encontrar soluciones.
Mi posición es clara. Me siento mucho más identificado con el pensamiento del economista Julian Simon que con las teorías maltusianas que llevan más de dos siglos anunciando catástrofes derivadas del crecimiento de la población y el consumo.
Malthus y el eterno anuncio del desastre
A finales del siglo XVIII, Thomas Robert Malthus planteó que la población crecería más rápidamente que los alimentos disponibles. Su conclusión era que el hambre, la miseria y las enfermedades acabarían frenando inevitablemente ese crecimiento.
Su razonamiento tenía una aparente lógica matemática. El problema es que no podía anticipar hasta qué punto la tecnología transformaría la capacidad productiva de la humanidad.
Desde entonces, la población mundial ha pasado de aproximadamente mil millones de personas a superar los ocho mil millones. Y, sin embargo, lejos de producirse el colapso generalizado que cabría esperar de una interpretación rígida de sus predicciones, hemos conseguido multiplicar la producción agrícola, desarrollar nuevos medicamentos, mejorar las infraestructuras y elevar extraordinariamente el nivel de vida de buena parte de la humanidad.
Esto no significa que hayan desaparecido el hambre, la pobreza o las desigualdades. Significa que el crecimiento demográfico no conduce necesariamente a una reducción de los recursos disponibles por persona.
A pesar de ello, el maltusianismo sigue reapareciendo bajo diferentes formas. Ayer era la falta de alimentos; después, el agotamiento del petróleo; hoy, los minerales estratégicos, la energía o determinadas materias primas.
Cambian los recursos que protagonizan las advertencias, pero el razonamiento suele ser parecido: seguimos consumiendo, los recursos son finitos y, por tanto, el desastre es inevitable.
Julian Simon: las personas no son el problema, son la solución
Frente a esta visión pesimista encontramos a Julian Simon, un economista estadounidense que defendió una idea tan sencilla como revolucionaria: el principal recurso de la humanidad no está bajo tierra, sino dentro de nuestra cabeza.
Simon entendía que los recursos naturales no tienen un valor económico fijo e independiente del conocimiento humano.
El petróleo, por ejemplo, llevaba millones de años bajo nuestros pies antes de que aprendiéramos a utilizarlo industrialmente. Lo mismo sucede con muchos minerales y materiales que hoy consideramos imprescindibles.
No fue la naturaleza la que cambió. Fue nuestro conocimiento.
Cuando un recurso escasea, su precio puede aumentar. Ese encarecimiento incentiva nuevas exploraciones, mejoras tecnológicas, una utilización más eficiente y la búsqueda de alternativas.
La escasez, por tanto, no tiene por qué ser el principio del fin. Puede convertirse en el motor de nuevas soluciones.
Y esto es precisamente lo que me parece más interesante de Simon: no consideraba al ser humano únicamente como una boca que alimentar o un consumidor que agota recursos, sino también como un creador de riqueza, conocimiento y oportunidades.
Cuantas más personas existan, mayor puede ser también el número de científicos, ingenieros, empresarios, investigadores y emprendedores capaces de resolver problemas que hoy parecen insuperables.
Por supuesto, esto no sucede automáticamente. Requiere educación, libertad, instituciones que funcionen e incentivos adecuados. Pero demuestra que las personas no debemos ser consideradas exclusivamente una carga para el planeta.
La apuesta que puso en evidencia a los catastrofistas
En 1980, Julian Simon protagonizó una famosa apuesta con el biólogo Paul Ehrlich, uno de los grandes defensores de las advertencias sobre la superpoblación y el agotamiento de los recursos.
Ehrlich eligió cinco metales cuyos precios, según su planteamiento, deberían aumentar por la creciente escasez. Simon apostó lo contrario.
Diez años después, los cinco metales habían bajado de precio en términos reales.
Simon ganó.
Es cierto que una apuesta sobre un periodo concreto no demuestra que todos los recursos vayan a abaratarse siempre. Pero sí dejó en evidencia una debilidad de las predicciones catastrofistas: la tendencia a proyectar las dificultades presentes hacia el futuro sin considerar suficientemente la innovación y la capacidad de adaptación de la economía.
La historia no demuestra que nunca vayamos a enfrentarnos a problemas de suministro. Lo que demuestra es que no podemos predecir el futuro suponiendo que la humanidad permanecerá tecnológicamente inmóvil.
El gran error: confundir los límites físicos con los límites del progreso
Nadie puede discutir seriamente que la Tierra tiene una cantidad limitada de petróleo, cobre, hierro o litio.
Pero de ahí a afirmar que el crecimiento económico está condenado a terminar existe una enorme distancia.
Porque la riqueza no consiste simplemente en extraer cada vez más toneladas de materias primas.
La riqueza también consiste en producir más con menos, inventar nuevos materiales, perfeccionar procesos, reciclar, sustituir tecnologías y descubrir aplicaciones que antes ni siquiera imaginábamos.
Un teléfono móvil actual reúne funciones para las que hace unas décadas habríamos necesitado multitud de aparatos diferentes.
La fibra óptica permite transmitir cantidades extraordinarias de información utilizando tecnologías que han transformado nuestras necesidades de materiales.
La productividad agrícola ha permitido obtener cosechas mucho mayores por hectárea.
Y todo ello es fruto de la inteligencia, la investigación, la inversión y la iniciativa empresarial.
Por eso me resulta tan difícil aceptar una visión del mundo en la que el progreso humano se presenta constantemente como una amenaza.
No necesitamos menos humanidad, necesitamos más innovación
Hay una diferencia enorme entre defender la utilización responsable de los recursos y sostener que debemos limitar sistemáticamente el crecimiento, el consumo o la prosperidad porque el planeta no puede soportarnos.
Estoy absolutamente a favor de la eficiencia, del reciclaje, de reducir la contaminación y de cuidar nuestro entorno.
Pero considero que la mejor forma de alcanzar esos objetivos es apostar por la innovación y el desarrollo tecnológico, sin olvidar unas normas ambientales sensatas.
No comparto la idea de que la solución a nuestros problemas sea necesariamente consumir menos, producir menos o renunciar a crecer.
Prefiero una sociedad que investigue cómo generar energía más limpia y abundante antes que otra que se limite a decirnos que debemos acostumbrarnos a disponer de menos energía.
Prefiero una economía que descubra cómo fabricar productos utilizando menos recursos antes que una que considere el crecimiento un problema en sí mismo.
Y prefiero, sobre todo, una sociedad que vea en cada nueva generación una oportunidad de progreso y no una amenaza estadística.
El pesimismo también tiene consecuencias
Las ideas económicas no son simples debates académicos. Influyen en decisiones políticas, empresariales y personales.
Si asumimos que el futuro está condenado por la escasez, corremos el riesgo de convertir la resignación en una estrategia.
Podemos terminar justificando restricciones indiscriminadas al crecimiento, desincentivando inversiones o transmitiendo a nuestros hijos la idea de que necesariamente vivirán peor que nosotros.
Naturalmente, reconocer la capacidad humana para innovar no significa negar los problemas ambientales ni confiar ciegamente en que cualquier dificultad se resolverá por sí sola.
La innovación requiere esfuerzo, capital, seguridad jurídica, investigación, competencia y libertad para emprender. Y hay daños ecológicos que deben prevenirse porque no siempre son reversibles.
Pero precisamente por eso debemos fomentar las condiciones que permiten desarrollar soluciones, en lugar de dar por hecho que no existen.
Mi conclusión: el futuro no está escrito
El maltusianismo nos invita a contemplar la humanidad principalmente desde sus necesidades y su capacidad de consumo.
Julian Simon nos propone contemplarla también desde su inteligencia, creatividad y capacidad para transformar el mundo.
Yo me quedo con Simon.
No porque crea que vivimos en un planeta infinito, sino porque creo que el conocimiento humano no tiene un límite conocido comparable al de una reserva mineral.
La historia de nuestra civilización es, en buena medida, la historia de cómo hemos conseguido superar limitaciones que generaciones anteriores consideraban insalvables.
Lo que ayer parecía imposible hoy es cotidiano. Y lo que hoy nos parece escaso mañana puede ser sustituido, aprovechado de otra manera o utilizado con una eficiencia que todavía no imaginamos.
Por eso, frente a quienes llevan siglos anunciando que somos demasiados y que los recursos se acabarán, prefiero defender una idea mucho más esperanzadora:
La mayor riqueza de la humanidad no está en los recursos que tenemos, sino en nuestra capacidad para descubrir qué hacer con ellos.
Y mientras existan personas libres para pensar, investigar, invertir, emprender y crear, tendremos motivos para confiar en el futuro.
Porque el ser humano no es solamente quien consume los recursos del planeta. Es, sobre todo, quien tiene la capacidad de convertirlos en progreso.
Comentarios (0)
Sé el primero en comentar.
Sigue leyendo
Activa los avisos y te llegará al móvil lo más importante de Guardamar. Como mucho 3 al día y nunca de noche.
¿Te ha gustado? Síguenos para no perderte nada de Guardamar
Las noticias del pueblo en tu móvil. Únete gratis a nuestros canales, síguenos en redes o escúchanos en iVoox.



