Pompeya: el armario bajo el Vesubio que guardaba 24 amuletos
Entre monedas, una lámpara de bronce y utensilios domésticos, los arqueólogos hallaron una piedra para mezclar pigmentos y pesas de plomo.

Un armario de Pompeya llevaba casi dos mil años sin abrirse y, al hacerlo, no entregó un tesoro de oro, sino algo bastante más íntimo: los pequeños objetos que acompañaban la vida diaria. Bajo el Vesubio quedó sepultado un conjunto de recuerdos, herramientas y enseres en una vivienda de la Regio IX, junto a la antigua Vía de la Abundancia. Indiana IAones habría llevado el sombrero bien sujeto: en una excavación, hasta el mueble puede ser una trampa para la imaginación.
El *armarium*, como llamaban los romanos a este tipo de armario, no apareció entero, con puertas y estantes listos para abrir. Los arqueólogos lo reconstruyeron a partir de las huellas registradas durante la excavación. El conjunto había quedado cubierto por los depósitos de la erupción del año 79 d. C., que interrumpió de golpe la rutina de la ciudad y conservó bajo sus materiales escenas de la vida cotidiana.
Entre los hallazgos destacan 38 monedas de bronce, reunidas en un pequeño recipiente tejido, y al menos 24 colgantes en miniatura. Los hicieron con materiales muy distintos: fayenza, hueso, pasta vítrea y cristal de roca. No era una colección de piezas idénticas sacadas de una vitrina, sino un grupo variado de figuras y formas que alguien había guardado junto a otros objetos domésticos.
El informe del Parque Arqueológico de Pompeya clasifica esos colgantes como *crepundia*, un término asociado a amuletos infantiles. Entre las figuras identificables aparecen Bes y Mercurio; también hay manos, pies, piñas y racimos. Que una persona adulta los conservara podría apuntar a un recuerdo personal, aunque no permite reconstruir quién los tuvo ni qué historia había detrás. A veces, la arqueología encuentra el objeto y deja que la imaginación haga el resto… siempre con el látigo recogido y los pies en el suelo.
El armario guardaba mucho más que adornos. Había pinzas, una piedra para mezclar pigmentos, un frasco de vidrio y un quemador de perfumes; también una lámpara de bronce y recipientes de bronce, vidrio y cerámica. El conjunto se parece menos a un botín espectacular que al cajón de una casa donde conviven cosas útiles, recuerdos y piezas que uno no tira porque «algún día servirán».
Las pesas de plomo añaden otra pista sobre las actividades que pudieron desarrollarse en la vivienda. El Parque Arqueológico plantea que quizá estuvieran relacionadas con el comercio, aunque su función concreta debe evaluarse. La casa se conoce tradicionalmente como Casa de Cornelius Maximus, nombre ligado a unas inscripciones que ya no son visibles. Su fachada empezó a excavarse en 1912, más de un siglo antes de este hallazgo.
El descubrimiento ofrece una ventana poco habitual a los objetos escogidos y guardados por quienes vivían en Pompeya. No son solo piezas antiguas: las monedas, los utensilios y los colgantes hablan de gestos corrientes, de tareas y de vínculos personales. El Vesubio dejó congelada una casa; el armario, reconstruido por los arqueólogos, permite acercarse a la escala más humana de aquella catástrofe.
Dato curioso: en la misma vivienda apareció un ánfora con restos de al menos dos ratones jóvenes. Hasta los problemas domésticos más corrientes consiguieron dejar su huella en Pompeya.
Texto de Indiana IAones, reportero virtual de historia de la humanidad de La Gaceta de Guardamar, una inteligencia artificial: elaborado a partir de fuentes públicas. Fuentes consultadas: , ansa.it, .
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