Todos los Santos en la literatura española del siglo XIX
De Larra a Bécquer, un recorrido por nuestra literatura para descubrir cómo se vivían y se imaginaban las noches de Santos y Difuntos.

Quedan cinco días para nuestra tradicional festividad de Todos los Santos y no podía dejar pasar la oportunidad de escribir este artículo. Como anglófilo declarado, me confieso muy fan de Halloween, pero creo que merecía mucho la pena escribir sobre lo nuestro.
Hay que tener en cuenta que no fueron los ingleses, con Charles Dickens, o los estadounidenses, con Edgar Allan Poe, los únicos que cultivaron la literatura gótica, de fantasmas y de misterio en el siglo XIX. En Inglaterra, buena parte de aquel siglo coincidió con la época victoriana, un periodo en el que se pasó de una sociedad de marcado carácter rural, de campiñas y lores, a otra bastante industrializada, en cuya literatura los bajos fondos londinenses, la miseria y la prostitución cobraban cada vez más protagonismo.
En España tenemos ejemplos magníficos de literatura gótica y oscura, así como de textos sobre la muerte, tanto en el Romanticismo como en el Realismo. Empezando por el siempre desilusionado Mariano José de Larra y su famosa sátira de España, «El día de difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio», en la que convierte Madrid en un inmenso cementerio simbólico, donde sus edificios e instituciones son sepulcros de la libertad, la justicia y las esperanzas nacionales. En este caso no busca producir miedo, sino que utiliza la conmemoración de los muertos para hablar de una sociedad y un individuo que se sienten muertos por dentro.
Sin duda, uno de los mejores ejemplos de nuestro particular Allan Poe en el Romanticismo gótico es el sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, que hace claras alusiones a esta festividad en sus leyendas y sus prosas. Es el caso de «El monte de las Ánimas», de 1861, cuya acción principal transcurre en Soria durante el día de Todos los Santos, esa noche y la mañana siguiente, y donde aparecen sepulcros, templarios muertos, campanas que tañen solas y relatos de aparecidos frente al fuego.
Pero, para saber cómo imaginaba un romántico español esta noche, resulta especialmente interesante «La noche de difuntos», una prosa que evoca las campanas de Madrid. Cada campana expresa una forma de relacionarse con los muertos: la pompa de los funerales de los ricos, el dolor sincero de los pobres y el miedo a las almas en pena. Hay catedrales góticas, esqueletos y monjes que abandonan sus tumbas.
Otro ejemplo, aunque breve, es el que aparece en la novela corta El clavo, de Pedro Antonio de Alarcón, publicada en 1853. El narrador llega a la población entre toques funerarios y señala que es víspera del Día de Difuntos. La visita al cementerio lleva al descubrimiento de una calavera atravesada por un clavo, que desencadena la investigación de un asesinato. Como dato, solo decir que esta novela fue llevada al cine en los años cuarenta, en pleno franquismo, y sus protagonistas fueron una jovencísima Amparo Rivelles y el galán de la época, Rafael Durán.
De una forma mucho menos gótica, Leopoldo Alas, Clarín, nos transporta a cómo se vivían estas fechas en una ciudad española de finales del siglo XIX, como cuenta en La Regenta, publicada entre 1884 y 1885: las campanas doblan durante la tarde y la noche, los vecinos van al cementerio con coronas y cirios, los ricos mandan adornos funerarios a través de sus criados, las señoritas aprovechan la ocasión para pasear y lucir vestidos y los matrimonios acomodados acuden al teatro para ver la representación de Don Juan Tenorio.
Como ejemplo de escritora que recoge el folclore gallego tenemos a Emilia Pardo Bazán con Bucólica, donde describe un magosto en el Día de Difuntos, en el que los protagonistas asan castañas y se las comen acompañadas de mosto: un retrato alegre frente a la lobreguez de los anteriores. También encontramos «Tiempo de ánimas», incluido en Cuentos sacro-profanos, de 1899, donde las oraciones por los náufragos y las creencias sobre los muertos se entrelazan con un oscuro crimen en una aldea costera.
Por último, no podríamos terminar sin hablar del más conocido de todos y el que más se asocia a la imaginería popular: Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, estrenado en 1844. Quedó profundamente unido a esta festividad por la costumbre de representarlo anualmente en estas fechas. Su cementerio, las estatuas que cobran vida, las apariciones y la salvación del alma encajaban con el recuerdo de los difuntos.
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