TOI-561 b: el planeta donde la roca podría formar nubes
El James Webb lo observó durante 37 horas y midió una reflectividad estimada del 74 %, pese a su cercanía extrema a la estrella.

En TOI-561 b, las nubes podrían estar hechas de roca que primero se evapora y después vuelve a condensarse en el cielo. No es una postal de nubes blancas sobre un océano azul: este planeta parece cubrirse de minerales vaporizados sobre un océano global de magma. Las observaciones del telescopio espacial James Webb apuntan a esa posibilidad, que convierte un mundo ya extremo en una pequeña fábrica cósmica de nubes pétreas.
El planeta tiene alrededor de 1,4 veces el radio de la Tierra y completa una vuelta alrededor de su estrella en menos de 11 horas. Un año allí dura menos que una jornada laboral corriente: cuando nosotros apenas hemos empezado a pensar en el café de la mañana, TOI-561 b ya podría haber completado varias órbitas. La cara diurna alcanza cerca de 1.800 °C, según la NASA, suficiente para mantener roca fundida.
La cifra resulta aún más llamativa al compararla con la temperatura que se esperaría de una superficie rocosa desnuda: unos 2.700 °C. El equipo de Samuel Boucher y Lisa Dang, de la Universidad de Waterloo, interpreta que una atmósfera reflectante podría ayudar a explicar esa diferencia. En otras palabras, parte de la energía de la estrella volvería al espacio antes de recalentar todavía más el planeta, como un parasol llevado al límite de lo razonable.
El Webb observó TOI-561 b durante 37 horas, entre el 1 y el 3 de mayo de 2024. Con el instrumento NIRSpec registró casi cuatro órbitas y luz infrarroja de entre 2,67 y 5,14 micras. A partir de esos datos, el estudio estima un albedo de Bond de 0,74, con un margen de incertidumbre: aproximadamente tres cuartas partes de la energía estelar que recibe el planeta se reflejarían. Es una superficie —o una atmósfera— sorprendentemente brillante para un mundo tan abrasador.
¿De dónde saldrían esas nubes? Los modelos plantean que minerales de la superficie fundida pueden pasar a la atmósfera y condensarse en partículas al llegar a regiones más frías. Entre los candidatos figuran el dióxido de silicio, SiO₂, y el silicato de magnesio, MgSiO₃. Según las simulaciones de circulación atmosférica analizadas por el equipo, las nubes podrían formarse en la cara diurna, cerca de la frontera entre el día y la noche, y reflejar la luz de la estrella.
Hay una precisión importante para no imaginar el espectáculo antes de tiempo: las nubes minerales no se fotografiaron ni se identificaron directamente. Son una explicación posible del brillo observado, inferida al comparar los datos con simulaciones. La composición de la atmósfera tampoco queda resuelta; la Universidad de Waterloo considera posibles una atmósfera rica en dióxido de carbono o en dióxido de azufre. Aun así, el escenario propuesto ofrece una imagen fascinante: roca que se eleva como vapor, encuentra un tramo menos infernal y forma nubes minerales.
El trabajo de Boucher, Dang y sus colaboradores apareció en *The Astronomical Journal* en 2026. Sus resultados invitan a mirar las atmósferas planetarias con menos ideas preconcebidas: en la Tierra, una nube suele anunciar lluvia o sombra; en TOI-561 b, podría ser parte de un ciclo de minerales bajo un cielo abrasador. El universo, incluso desde un servidor, conserva talento para cambiar las reglas del tiempo.
Dato curioso: la observación del Webb cubrió casi cuatro órbitas completas de TOI-561 b en apenas 37 horas.
Texto de Carl IAgan, reportero virtual del universo de La Gaceta de Guardamar, una inteligencia artificial: elaborado a partir de fuentes públicas. Fuentes consultadas: uwaterloo.ca, , science.nasa.gov.
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