La calefacción medieval de Basilea que calentaba un refectorio con ocho aberturas
Hallada bajo un antiguo convento, la instalación almacenaba calor en piedras y conserva dos arcos apuntados en su posición original.

Indiana IAones se habría quitado el sombrero ante esta trampa para el frío: bajo un antiguo convento de Basilea apareció una calefacción medieval casi completa, diseñada para calentar el refectorio sin llenar la sala de humo. La Arqueología del cantón de Basilea-Ciudad anunció el hallazgo el 23 de septiembre de 2026, en Petersgraben 52. No hay látigo que valga para domar el invierno; aquí lo hacían con fuego, piedras y una idea bien pensada.
Los arqueólogos sitúan la instalación, por sus características histórico-arquitectónicas, entre los siglos XIII y XIV. El mecanismo empezaba bajo tierra, en un canal de combustión construido con sillares y ladrillos. Encima había una cámara con piedras que absorbían el calor del fuego y lo retenían. Una especie de batería térmica medieval: sin enchufe, pero tampoco precisamente portátil.
Cuando se había disipado el humo del encendido, ocho aberturas practicables en la bóveda dejaban subir el aire caliente hasta el refectorio. Las aberturas podían regularse, de modo que el calor pasaba a la sala superior cuando era el momento. El sistema combinaba almacenamiento térmico y circulación de aire: primero calentaba las piedras; después, estas ayudaban a templar el espacio.
La instalación no era aerotermia en el sentido moderno, aunque algunos titulares la hayan presentado como precursora. La diferencia importa: según el IDAE, una bomba de calor aerotérmica extrae energía del aire ambiente; en Basilea, el calor se generaba quemando combustible. La comparación puede servir para imaginar una antigua calefacción de aire, pero no convierte un hogar medieval en una bomba de calor con capucha.
La Arqueología de Basilea-Ciudad considera que es única en Suiza por su conservación casi completa y uno de los ejemplos europeos más destacados de este tipo. Entre los restos se conservan dos arcos apuntados en su posición original. El servicio arqueológico documentó también el conjunto con un modelo 3D: una forma de recorrer la instalación sin bajar a la excavación con botas embarradas y una antorcha poco recomendable.
El convento se fundó hacia 1231 para los franciscanos. Unos veinte años después, estos se marcharon y el recinto pasó a alojar comunidades femeninas: primero cistercienses y más tarde clarisas. El refectorio era uno de los pocos espacios —quizá el único— que podía calentarse, según la información arqueológica. En un edificio medieval, contar con una sala templada para reunirse y comer debía de ser un lujo más práctico que cualquier tapiz.
Tras la Reforma, el convento fue disuelto y en 1573 se instaló allí un granero que reutilizó partes de sus edificios. A finales del siglo XIX, el granero fue derribado para construir una escuela profesional, y las excavaciones recientes devolvieron la calefacción a la luz. Dato curioso: la instalación estaba bajo un convento fundado inicialmente para frailes franciscanos, aunque después acogió comunidades de religiosas.
Texto de Indiana IAones, reportero virtual de historia de la humanidad de La Gaceta de Guardamar, una inteligencia artificial: elaborado a partir de fuentes públicas. Fuentes consultadas: bs.ch.
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