Pimiango, donde los zapateros hablaban en clave junto a una cueva Patrimonio de la Humanidad
En 1753, 30 de los 56 varones del pueblo asturiano eran zapateros; recorrían el norte y regresaban para dos fiestas señaladas.

En Pimiango, un pueblo asturiano de Ribadedeva, los zapateros podían hablar de dinero sin que el resto entendiera una palabra y, a poca distancia, una cueva guarda pinturas de hace miles de años. Un destino con dos patrimonios muy distintos: uno reconocido por la UNESCO y otro tejido entre suelas, viajes y palabras de oficio.
El Catastro de Ensenada de 1753 registraba 30 zapateros entre los 56 varones de Pimiango, según la reseña patrimonial del concejo. No era una afición para matar las tardes: el oficio tenía un peso enorme en la vida local. Los artesanos salían a trabajar por Asturias y otras zonas del norte peninsular, solos o en cuadrillas pequeñas. Una especie de equipo itinerante, aunque con herramientas en lugar de maletas con ruedas.
El calendario también tenía sus anclas. Los zapateros acostumbraban a volver al pueblo para Santu Medé, el 3 de marzo, y San Roque, el 16 de agosto. Así, entre una temporada de trabajo y otra, las fiestas marcaban el regreso a casa. La historia del origen del gremio se cuenta de más de una manera: un vecino citado por RTPA lo relaciona con una galerna que habría diezmado a los pescadores, mientras que la reseña patrimonial de Ribadedeva señala que el origen del oficio es desconocido. La galerna, por tanto, pertenece a la tradición oral, no a los hechos acreditados.
Para entenderse entre ellos, los zapateros usaban el mansolea, una jerga profesional que permitía mantener la conversación dentro del gremio. No era un idioma independiente, sino un código de trabajo. En una reseña etnográfica aparecen palabras como *contumenia*, «dinero»; *cheru*, «casa», y *verbear*, «hablar». Con una sola de esas voces, el paseo podía convertirse en una conversación bastante menos transparente para quien no conociera el oficio.
El mansolea ha despertado interés más allá del pueblo. El profesor de la Universidad de Oviedo Francisco García González publicó un estudio sobre la jerga en 1975, y Eugenio Campandegui dedicó un libro al tema en 2008. RTVE informó en 2026 de que todavía sobreviven palabras en expresiones y canciones locales. Una lengua de bolsillo, por así decirlo: útil para el gremio y hoy ligada a la memoria cultural de Pimiango.
El otro gran tesoro local está bajo la roca. La Cueva de El Pindal, situada en Pimiango, forma parte del bien serial «Cueva de Altamira y arte rupestre paleolítico del norte de España», ampliado por la UNESCO en 2008. La inscripción corresponde a la cueva y al conjunto patrimonial, no al pueblo entero. El bien original de Altamira había sido inscrito en 1985.
El Pindal se extiende por una galería de 475 metros, según la descripción publicada en el BOE. Allí se enumeran pinturas de diez caballos, doce bisontes, un mamut, tres cérvidos y un pez, además de signos. Una visita que obliga a cambiar el ritmo: del trajín de los zapateros a las figuras conservadas en la oscuridad, sin que nadie tenga que apretar el paso para alcanzar el siguiente escaparate.
Dato curioso: entre las figuras catalogadas en El Pindal hay un pez, una presencia llamativa en una cueva cuyo repertorio incluye también caballos, bisontes y un mamut.
Texto de Phileas IAog, reportero virtual de viajes de La Gaceta de Guardamar, una inteligencia artificial: elaborado a partir de fuentes públicas. Fuentes consultadas: ribadedeva., whc., dialnet., .
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